Las raíces subterráneas del progresivo mexicano

Tras una espera cuasi eterna —o al menos así se sintió— desde la aparición de los primeros adelantos de esta producción, Teonanácatl finalmente ha liberado Mycelium, su primer álbum de larga duración y una obra que parece condensar años de exploración, maduración y búsqueda de una identidad sonora propia.

¿Qué podemos decir de él?

Mycelium es un álbum redondo en el sentido más estricto de la palabra. Una obra que no se limita a reunir composiciones, sino que las entrelaza en un organismo sonoro complejo, donde cada elemento parece comunicarse con el siguiente. Como esa red orgánica que se extiende silenciosamente bajo nuestros pies, Teonanácatl nos conduce por las profundidades de un universo subterráneo para hacernos emerger entre una flora exuberante, áspera y multicolor, arraigada paradójicamente en la inmensidad de un cosmos distante.

Desde el primer corte, «¿A dónde fueron las mariposas?», encontramos buena parte de lo que Teona tiene por ofrecernos: pasajes oníricos, estructuras musicales intrincadas y una identidad que dialoga con la cosmogonía nahua, el misticismo y la experimentación sonora. Aquí conviven las sonoridades del progresivo más clásico con la psicodelia de espíritu experimental, evocando inevitablemente a nombres esenciales del rock mexicano como Chac Mool, El Ritual y Nuevo México.

Sin embargo, la propuesta no se agota en esas referencias. Hay también una inclinación hacia territorios francozappescos, donde lo impredecible, las disonancias y el eclecticismo adquieren un papel protagónico. Una aproximación que, salvando las distancias, nos remite a las exploraciones de Arrigo Barnabé en Brasil o de Tipographica en Japón: proyectos capaces de asimilar la experimentación de vanguardia y transformarla en un lenguaje profundamente personal, atravesado por las particularidades culturales de sus respectivos entornos.

Algo semejante ocurre con Teonanácatl. Los sonidos de aquellos convulsos años setenta parecen haber caído accidentalmente en nuestra época, pero no como un ejercicio de nostalgia ni como una reproducción burda de fórmulas ya pasadas. Por el contrario, encuentran aquí una nueva vida, alimentada por una notable maduración técnica y conceptual. Su música adquiere una dimensión más mística, identitaria y, por qué no decirlo, salvaje.

Buena parte de esta personalidad descansa en una instrumentación que se niega a permanecer dentro de los límites convencionales del rock. La guitarra de Evan Linares, el bajo de Israel Mejía y la batería de Ángel David Trejo constituyen la estructura sobre la cual Baruch Hernández despliega un universo de teclados, órgano y sintetizadores. A este entramado se suman las congas y percusiones de Adalid Navarro, además de las intervenciones de los saxofones de Carlos Greco y Enrique Muñoz, responsables de ampliar considerablemente las posibilidades tímbricas de la agrupación.

El resultado es una amalgama en la que la densidad eléctrica del heavy psych puede convivir con la libertad del jazz-rock, la exuberancia del progresivo sinfónico y una sensibilidad rítmica que remite a las expresiones musicales latinoamericanas. No se trata únicamente de incorporar más instrumentos a la fórmula, sino de concebir una música donde las texturas, los contrastes y las posibilidades de cada elemento contribuyan a una identidad colectiva.

Y es precisamente ahí donde Teonanácatl encuentra uno de sus mayores aciertos: su capacidad para construir un lenguaje que, aun reconociendo sus influencias, no se siente sometido a ellas.

Las composiciones de Mycelium tampoco se conforman con recorrer un único territorio conceptual. «Buscando una Razón», con la participación vocal de Roy Cabrera, recupera la memoria de los acontecimientos del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, conectando la experimentación musical con una herida histórica que permanece abierta en la memoria colectiva mexicana. Por su parte, «Tloque Nahuaque», interpretada vocalmente por Corinne Herrera, dirige la mirada hacia la tradición filosófica y espiritual nahua, mientras que «Misterios» incorpora la palabra poética de Óscar Volado.

Estas distintas aproximaciones permiten reconocer que el misticismo de Teonanácatl no se limita a una fascinación estética por lo ancestral. Su universo conceptual también encuentra espacio para la reflexión social, la memoria histórica y las interrogantes que atraviesan la experiencia humana.

En ese sentido, la estructura del álbum merece especial atención. La presencia de «¿A dónde fueron las mariposas?» como tercera pieza plantea un retorno a la idea musical con la que comienza el recorrido. Más que entender esta repetición como un simple recurso formal, podemos interpretarla como parte de la naturaleza del propio micelio: un entramado de ramificaciones que se separan, se encuentran y vuelven a comunicarse. La reaparición de una composición dentro del mismo recorrido refuerza esa noción de interconexión que da sentido al título del álbum.

Hay algo particularmente atractivo en esta decisión, porque permite pensar Mycelium no únicamente como una sucesión de canciones, sino como una obra que propone relaciones internas y exige al escucha reconocerlas. Una intención cercana a la tradición del álbum conceptual, donde el orden de las piezas y sus correspondencias forman parte de la experiencia.

El recorrido encuentra finalmente su desembocadura en «Materia Eteria», una composición de casi catorce minutos que cierra el disco y que, por su extensión, representa una última invitación a sumergirnos en el universo que Teonanácatl ha construido. Su ubicación al final de la obra resulta significativa: después de un itinerario entre lo terrenal, lo histórico y lo místico, el álbum concluye bajo una idea que evoca aquello que parece escapar de la materia y de sus límites.

La riqueza de Mycelium radica precisamente en esa capacidad para construir una amalgama de sonidos aparentemente dispares. El ruido, las texturas ásperas, las melodías intrincadas y las estructuras complejas conviven con pasajes de una rusticidad casi primitiva. Todo ello articulado mediante una sensibilidad que no teme extraviarse en sus propias exploraciones. Hay momentos en los que la música parece desbordarse, pero incluso dentro de ese aparente caos existe una voluntad de cohesión que termina por darle sentido al conjunto.

Estamos ante una obra que exige algo cada vez menos frecuente: ser escuchada en su totalidad. No basta con detenerse en un sencillo o dejarse llevar por algún fragmento particularmente llamativo. La verdadera dimensión de Mycelium aparece cuando sus composiciones comienzan a dialogar entre sí, cuando sus motivos se expanden y sus múltiples ramificaciones terminan por revelarnos la estructura de un mismo organismo.

Teonanácatl nos recuerda que el rock progresivo, la psicodelia y las expresiones más eclécticas de la música mexicana no son reliquias de una época gloriosa ni simples curiosidades para coleccionistas empedernidos. Son manifestaciones que continúan creciendo, mutando y encontrando nuevos caminos. Jamás desaparecieron; permanecieron bajo la superficie, extendiendo sus raíces hasta encontrar las condiciones necesarias para volver a florecer.

Y quizá esa sea la mayor virtud de este álbum: su capacidad de mirar hacia el pasado sin permanecer atrapado en él. De reconocer una herencia musical e histórica y transformarla en un lenguaje contemporáneo, extraño por momentos, profundamente evocador en otros y siempre dispuesto a explorar los límites de sus propias posibilidades.

Así pues, Mycelium se presenta como una declaración artística de enorme personalidad. Una obra ambiciosa, inquieta y profundamente arraigada en sus influencias, pero decidida a construir algo propio.

Porque, después de todo, lo verdaderamente importante no siempre ocurre a plena luz. A veces hay que mirar bajo tierra para descubrir que todo sigue vivo.

Y Teonanácatl acaba de demostrárnoslo.


Teonanácatl — Mycelium (2026)

Rock progresivo / Rock psicodélico / Heavy Psych

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Por elpapalou

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